
A partir de las once de la mañana y hasta pasadas cinco de la tarde, junto a otras organizaciones de juventud con las que decidimos salir a jugar en unidad, organizados, terminamos de levantar un aula para que allí se puedan dar talleres sobre oficios a los vecinos del barrio, y pintamos un polideportivo. Hubo otros compañeros que dedicaron el día a meter actividades recreativas y deportivas con los más chicos, pibes que tenían entre cinco y quince años. Hubo gente que se dedicó a golpear puerta por puerta, para hacer un relevamiento socioeducativo para armar un programa de alfabetización. Muchos vecinos nos hicieron pasar a sus casas y nos convidaron con algo frío.
El enorme colectivo sanitario que UTE (Unión de Trabajadores de la Educación), estacionado sobre un pequeño descampado, no tuvo respiro. A lo largo de toda la jornada, a pesar de la siesta, el sol, los treinta grados de temperatura, fue constante la consulta de los vecinos. A unos pocos metros, pusimos una mesa repleta de volantes, folletería sobre salud reproductiva y preservativos.
A las tres de la tarde comenzó el recorrido que terminó en el Elefante Blanco, un viejo e imponente proyecto de hospital, hoy centro de gestión y trabajo de la Fundación Madres de Plaza de Mayo, quienes están construyendo, a paso acelerado, y sorprendente, viviendas con, y para el barrio.
La tercera parada del Sur también existe, salió según lo planeado entre todos los compañeros y compañeras de las organizaciones que nos pusimos el desafío de recorrer los barrios más postergados de la ciudad de Buenos Aires. Esto recién empieza y aún no sabemos cuándo ni cómo va a terminar. El único límite que tenemos es nuestra propia voluntad. Es el principio de un largo camino que decidimos emprender junto a tantos compañeros.







